Con las elecciones municipales a la vuelta de la esquina, la reciente reforma de la ley electoral española ha entrado de lleno en el juego mediático entre los partidos, aumentando incluso las habituales denuncias cruzadas, típicas de estas fechas, sobre los presuntos incumplimientos y abusos del contrario en época de precampaña. A diario nos desayunamos con la inauguración cuestionada como ilícita, aunque no sea de carreteras ni de hospitales sino de obras casi anecdóticas, o con un denostado cartel, porque parece propagar los encantos de un candidato, más que informar sobre un acto… y así al menos hasta la noche del 5 de mayo. Luego ya, vendrá la campaña de verdad, con sus propias técnicas persuasivas y sus reglas de juego, tampoco exentas de interpretaciones diversas, denuncias y recelos.
Hasta el 22-M seguiremos oyendo mucho ruido y mucha bronca, porque, a fin de cuentas, tanto en estas semanas previas como en las que suceden a la inicial pegada de carteles el objetivo es el mismo: ganar el voto, por los medios aceptables para cada momento, e intentar restar los del contrincante. En campaña tocará ir puerta a puerta, pero ahora, y desde mucho antes, toca ir noticia a noticia. Nadie lo prohíbe, ni tan siquiera la suprema Junta Electoral Central.

Esta imagen pertenece a smemon87 y se encuentra bajo una licencia Creative Commons
Y digo noticia a noticia, no anuncio a anuncio. Porque, independientemente de las recién aprobadas restricciones a la publicidad en periodo de precampaña, en una sociedad que lleva votando desde 1977 el poder de la propaganda tradicional va perdiendo peso inevitablemente en eso de conformar las percepciones, las adhesiones y los rechazos de los ciudadanos en torno a las propuestas de los candidatos. Gana peso la información, positiva o negativa, provocada por los jefes de prensa de los aspirantes a gobernar, o suscitada por fuentes más o menos cercanas al bando enemigo. También está la libre investigación de los periodistas, desde luego, pero reconozcamos que en las contiendas electorales el profesional de la información está rodeado de permanentes ofertas de producto fresco, contra las que es difícil resistirse y que nunca llegan casual e inocentemente al mercado mediático. Y menos ahora, que los responsables de velar por la limpieza de los procesos electorales dejan aún menos margen a los medios para elegir qué es noticiable y qué no. Me refiero a las nuevas obligaciones de las televisiones privadas, que deben dar cancha a cada partido en función de sus resultados electorales en anteriores comicios equivalentes, cosa antes solo reservada a los medios de titularidad pública. Una vuelta de tuerca más contra la libertad de información. En realidad, cabe preguntarse si entonces los informativos se convierten en publireportajes, pero dejémoslo estar. Porque a pesar de todo, lo cierto es que en precampaña hay margen para generar noticias y los candidatos deben saber aprovecharlo. Mucho más que preocuparse por el color de sus folletos y carteles.
Y sobre todo, hay algo que los aspirantes a gobernar deben tener muy claro: por encima del puerta a puerta, de la noticia pura o del anuncio más o menos camuflado, está la inteligencia y la experiencia de las personas, sus aspiraciones y motivaciones, junto con su manera de entender la vida, especialmente la suya. Estos son los factores realmente decisivos a la hora de decidir el voto ciudadano. Por eso, los políticos avezados en estas lides saben muy bien que una buena campaña electoral ayuda a obtener un mejor resultado, que no es poca cosa, porque el gobierno puede depender de un puñado de votos. Pero la campaña, por excelente que sea, no puede suplir una trayectoria política paupérrima, incoherente o ayuna de proyecto durante años, donde el ciudadano difícilmente encuentra respuesta a sus expectativas de futuro. La campaña no suple, ni falta que hace.